Señora Directora de «El 7 Set»: Virginia Martínez Cairo.
Por una intervención no médica ante el tabaco.
El 31 de mayo del 2001 se celebró el día internacional contra el tabaco. Este año se centró en los «fumadores pasivos». En la prensa española se destacó en titulares que cada año mueren 7.000 personas por causa de la inhalación pasiva de tabaco. La Unión Europea aconseja, en sus ultimas recomendaciones, que en las cajetillas quede registrada la frase: «el tabaco mata». La Generalitat de Cataluña ha iniciado una campaña para dejar de fumar en la que se premia al afortunado o afortunada, devolviéndole la cantidad económica que se ha gastado en comprarse los fármacos que ayudan a abandonar este hábito. Ante estas informaciones sólo algunos medios de comunicación de masas destacan cierta contradicción en estas políticas antitabaco, con la promoción estatal de los cultivos de hojas de tabaco en zonas cuya economía esta francamente influenciada por este producto de consumo. Según la opinión generalizada la evidencia científica de las consecuencias del fumar no deja lugar a las dudas, y apoya una postura colectiva en favor de este tipo de campañas en las que se propone una autentica promoción de la salud.
Todo parece muy correcto. Pero, a mi entender, las cosas no son tan sencillas ni lineales. En este caso se produce una interpretación errónea de una aparente evidencia científica. Lo cual provoca un error en la población, precisamente, en aquello que trata de intervenir como es la prevención de la enfermedad. Para comprobar esta afirmación –que puede sorprender a quien la lea por primera vez–, veamos un dato: si tomamos el periodo de la llamada transición política en España –1975 a 1985– y comparamos las cifras entre los índices de paro o desempleo y la mortalidad por cáncer de pulmón, observamos un aumento correlativo –y significativo– de ambas variables. Sin embrago la cantidad de cigarrillos-habitante-año apenas sufrió variación alguna. Muy probablemente se argumentarán razones de tipo biológico –por supuesto–, y estadístico en la línea de una mejor recogida de datos de la morbilidad y mortalidad de las enfermedades en esos años. Antes que considerar otra posibilidad que explique mejor esta observación.
Pero sucede que considerar la influencia del sistema social en la salud y enfermedad: cáncer y paro, no resulta aconsejable al propio sistema político, ni al entorno que sigue a rajatabla lo políticamente correcto. Ni los propios sindicatos de clase están interesados en ello. Es más fácil atribuir a algo externo de fácil conexión con la conciencia colectiva, como es el uso del tabaco con sus cancerígenos mortales, que cuestionar formas de vida y su repercusión en la salud. Para ello ya están los médicos y políticos de la salud con sus campañas «sensibilizadoras».
Sin embargo, es conveniente darnos cuenta que esta actitud soslaya el problema al derivarlo a una intervención médica –medicalizar la vida–, y evita, así, el debate en profundidad sobre las condiciones sociales y sus repercusiones en la salud y en la enfermedad. Así, a buen seguro, cuando se produce un abuso en el consumo de tabaco, se han de tener en cuenta cuáles son las condiciones personales del usuario o usuaria en relación a todo su entorno y su repercusión en su estabilidad física, psíquica y emocional. Y precisamente en ese análisis nos daremos cuenta que subyace un tipo de conducta en las personas fumadoras, característico de los que viven en continua amenaza. El inhalar y expulsar humo no sería mas que una sencilla maniobra liberadora de tensión. Tal como se observa en la naturaleza cuando un animal se siente amenazado por otro que trata de invadir su propio territorio, en cuyo momento lanza soplidos –expulsa aire– para apartar al intruso. Sucede que la especie humana –aproximadamente un tercio de la misma– tiene incorporada en su pauta de conducta este comportamiento, cuya práctica no se da, por supuesto, de forma literal: no vamos dando soplidos por ahí, sino que, ante situaciones que nos producen estrés, reaccionamos con el uso del pitillo. Mecanismo que produce secundariamente un proceso de «recompensa» en los circuitos cerebrales incluyendo una dependencia a la nicotina.
Esta forma de reaccionar, estabilizada en la conducta, predispone a una cierta patología o trastornos de salud incluyendo, en situaciones especiales, al cáncer de pulmón. Como en general el hecho de fumar, y fumar mucho, se observa en esta conducta, se atribuye la causa de esta enfermedad al tabaco. A mi entender, sucede lo que en estadística se denomina variable confundidora: existe una asociación entre el tipo de conducta y el tabaco y a su vez se observa una asociación entre el tabaco y el cáncer de pulmón. Pero quién influye, en este caso, es la variable de conducta, con unos mecanismos de enfermar que se han de considerar de forma precisa, y que son objeto de otro análisis.
En la ciencia los mecanismos de observación, que no existen separados del observador influyen, sin duda, en la interpretación de los fenómenos. Para ayudar a entender esto, pongo un pequeño ejemplo que me sucedió en mi reciente viaje a México: sentado tranquilamente en la butaca del avión «Jumbo» que me trasladaba a la capital de México, yendo a mil Kilómetros por hora, lance un bolígrafo al aire y lo tome en mis manos. Dentro del avión un observador comprueba que la trayectoria descrita en un segundo por el bolígrafo es una recta. Otro observador situado fuera del avión a cierta distancia y con medios ópticos adecuados, hubiera observado una trayectoria en parábola capaz de recorrer la distancia de casi tres campos de fútbol –278 metros–. ¿Qué sucedió en realidad?. La teoría de la relatividad de Einstein nos da explicación. De la misma manera, hemos de adoptar la misma posición crítica ante las apariencias: la tierra parece plana, pero es redonda... sólo es necesario situarse a cierta distancia para comprobar la esfera terrestre.
En este caso, sólo el tiempo nos dará la confirmación correcta. Mientras tanto sugiero que nos conviene sacudirnos de estas campañas terroríficas antitabaco, y disfrutar de la vida en compañía de personas queridas, reírnos, amarnos y fumar un buen pitillo o un buen habano –de paso contribuimos a la economía cubana– después de una comida reconfortante, y dar gracias, a quien corresponda, por estar gozando con ello.
Firmado: Vicenç Herrera Adell, Médico. Colegiado 9754 del Colegio de Médicos de Barcelona.