Evolucionando.
(Vicenç Herrera Adell, médico en proceso de reconversión filosófica).

El cáncer, el SIDA, las enfermedades coronarias, los accidentes, las enfermedades evitables de tipo infeccioso, son cada vez mas frecuentes -En España se constata un aumento de las tasas de incidencia de cánceres en los últimos 10 años-. El hambre y la utilización comercial y maltrato de niños y la marginación de la gente mayor también está presente en parte de nuestro planeta. La actividad humana y su repercusión en el medio ambiente y en otras especies animales y vegetales es muy poco respetuosa con un equilibrio ecológico y el mantenimiento de una biodiversidad necesaria: la degradación del medio ambiente, los cambios climáticos, la erosión y desertización de su capa superficial no se detienen. La tierra no goza de muy buena salud que digamos.

En esta situación surge la pregunta si la medicina actual como ciencia nos puede aportar alguna ayuda, no solo para entender lo que sucede a nivel global, sino también para poner en marcha mecanismos correctores. La medicina basada en la evidencia -oficial- considera unas causas que se sitúan en lo inmediato, y que describen relativamente bien el como suceden los fenómenos que catalogamos de enfermedad. De esta manera dentro de su modelo explicativo, los síntomas alarmantes antes señalados son considerados, en general, efectos de una causa o noxa externa: alguien o algo nos ataca, nos destruye y nos causa enfermedad. Y en este desastre se ponen a prueba mecanismos de defensa que no reaccionan como debieran y/o la virulencia de la propia agresión externa. Ambas son reacciones indeseables. Sin embargo, en un numero considerable de ellas es difícil efectuar una previsión de sus efectos, sobretodo en enfermedades que se consideran de origen multifactorial, o bien de causa desconocida.

Sin duda nos encontramos ante un enfoque sintomático, en el que, a nivel individual, algunos síntomas y signos son tratados con éxito. Pero esta manera de actuar no incide, en general, en el ámbito de las causas. Para este objetivo se ha de tomar otro enfoque, en el que enfermedad se considere una reacción del cuerpo con sentido biológico -una hermenéutica de la misma-, y no una respuesta errónea o debida al azar o un campo de batalla en donde, entre otras cosas, las terapias propuestas parecen estar dirigidas para recoger tempestades y mutilar voluntades. Para comprender la coherencia de este sentido, el cual ha de estar conectado con la naturaleza y sus leyes -medicina conectada-, se han de tener en cuenta las siguientes consideraciones y su influencia en la génesis de la enfermedad y el desarrollo de la misma:

Bioevolución.

Conocer el origen de la vida y de la especie humana desde los primeros componentes cósmicos hasta la adquisición de la autoconciencia, nos sitúa en la evolución biológica. En este contexto dinámico se observan diversas transiciones que van a fundamentar los tres principios básicos de la vida: metabolismo, estructura y movimiento, y posibilitar la satisfacción de las necesidades biológicas de todo ser vivo: nutrición, reproducción y seguridad. Necesidades presentes ya en las primeras formas de vida unicelular en nuestro planeta Tierra como son las bacterias -las primeras formas unicelulares de vida-, de las cuales proceden el resto de seres vivos.

En la primera transición las moléculas inorgánicas como la tierra, el aire y el agua y formas disipativas como el calor pasan a formar parte de un ser vivo. Los vertebrados mamíferos contienen estos componentes en los minerales que forman parte de la estructura del cuerpo y de muchas moléculas orgánicas; en el calor como producto de la energía de combustión de los alimentos, generado en el aparato digestivo y sus anexos; en el aire como combustible captado en los pulmones, y en el agua como medio primordial del equilibrio electrosalino que se regula en los riñones y sistema homeostático.

En la segunda de las transiciones el ser vivo, en la interrelación con el medio o entorno, forma figuras anatómicas adaptadas, expande funciones y genera pautas de comportamiento asociadas, que cubren las necesidades biológicas. En este proceso se observa un aumento de la complejidad que no es un resultado del azar con sus mutaciones genéticas o de su versión moderna con la teoría del caos, sino del diálogo que se establece entre lo individual y lo colectivo en una relación social en el sentido más amplio. Este dialogo sedimenta las diversas formas de vida protoplasmática, vegetal y animal y sus relaciones y modos de supervivencia; recoge la información que proporciona la experiencia evolutiva y la estabiliza en el material genético que vehiculiza estos procesos. Pruebas de esto se encuentra en la primera división de la célula tanto en su estado procariota o pre-núcleo, como eucariota o con núcleo y la colaboración entre diferentes especies en el fenómeno de la unión de sus estructuras o endosimbiosis.

La enfermedad en la ultima transición constituye el conjunto de cambios celulares, funcionales y pautas de comportamiento asociadas que tratan de cubrir necesidades biológicas, pero en situaciones en que la respuesta no esta sintonizada en el tiempo establecido por el propio fenómeno evolutivo. Por este motivo, las formas anatómicas, funcionales y de comportamiento observadas en esta transición tienen la misma naturaleza, pero de diferente intensidad, que los cambios postadaptativos que acaecieron al enfrentarse los seres vivos con el medio a lo largo de la evolución. Su génesis se sitúa en la memoria biológica de las células, quienes al organizarse en tejidos, órganos y sistemas, tienen que expresar mecanismos de supervivencia en formas cada vez más complejas.

La conexión neurosomática del comportamiento.

Tanto los cambios posadaptativos como los observados en la enfermedad se manifiestan en el comportamiento o el psiquismo, el cerebro y los órganos del cuerpo. Estos cambios contienen una información que procesa una conciencia formada por los deseos asociados a las necesidades biológicas, y por la experiencia reflexiva en la que interviene la memoria individual y de especie. La conciencia se cristaliza -se condensa biofisicamente- en un sistema sensible como el SNC, autónomo y periférico conectado con los órganos del cuerpo que, a su vez, recepcionan y emiten información. Por tanto los contenidos de esta información engloba a lo físico, psíquico y mental y recogen la memoria biológica de los componentes que se han organizado a lo largo de las tres transiciones, y no son productos o epifenómenos exclusivos del cerebro y/o manifestaciones aisladas de origen transpersonal.

Esta correlación constituye la base para entender el contexto en donde se sitúan los conflictos que surgen ante situaciones en que la respuesta no es inmediata. Los conflictos relacionados con la nutrición, reproducción y seguridad se generan al no poder dar cumplida cuenta de estas necesidades biológicas. Los cambios observados en la misma enfermedad tratan de facilitar, así, la formación y mantenimiento de los tres principios básicos de la vida: metabolismo, estructura y movimiento.

El contenido y la dirección de la enfermedad.

El contenido de los cambios observados en la enfermedad están vinculados al periodo filogenético correspondiente que es rememorado en la ontogenesis de los órganos y sistemas. De esta manera la nutrición y reproducción están conectadas a pautas de supervivencia de la especie, su regulación neurológica se sitúa en el cerebro antiguo y sur órganos de respuesta son las glándulas y laminas protectoras.

La seguridad desmenuzada en valorización y contacto, con conductas y estrategias sociales, con el cerebro medio y moderno y con tejidos corporales de estructura e interconexión y con los epitelios que conducen los productos de las glándulas, y la piel.

Estas respuestas no son homogéneas ya que están en función del espacio y del tiempo; en el primer caso cada uno de los niveles va a manifestar contenidos propios a su ámbito de acción: trastornos del comportamiento en el psiquismo; alteraciones neurológicos en el cerebro, y cambios físicos en el cuerpo; en el segundo caso los síntomas variaran según el conflicto se encuentre en curso o en solución.

Por tanto en los síntomas, siempre interrelacionados en estos niveles, se han de tener en cuenta estos aspectos espaciotemporales. Así en el ámbito corporal se observa proliferación celular, necrosis y ulceración en los conflictos activos que afectan a los órganos del metabolismo, estructura y contacto respectivamente, y encapsulamiento y caseificacion por hongos y micobacterias en el primero y proliferación celular e infección por bacterias y virus en los dos últimos en la fase de solución del conflicto. En el ámbito psíquico conocemos algunas respuestas en el caso de confluir dos o mas conflictos en fase activa, como la desorientación y consternación en los conflictos de desarraigo y nutrición, bloqueos emocionales y megalomanías en conflictos relacionados con la protección y valorización y depresiones, euforia, agresividad, obsesiones y compulsiones en conflictos relacionados con el territorio o espacio de relación. En el ámbito neurológico se observan signos diversos, algunos muy graves como parálisis motoras, alteraciones sensoriales y procesos expansivos en el área craneal.

Estos cambios observados en la enfermedad surgen de la información que se establece en el dialogo entre el cuerpo y el entorno y procede de diversos estímulos; de naturaleza física asociados a entornos ancestrales como sucede en los ruidos amenazantes que capta el embrión en formación en la vida intrauterina - rugido del león- ; de agresiones directas con respuesta inmediata como las intoxicaciones, ciertas parasitaciones y fracturas, y derivados de conflictos como separaciones traumáticas que puede sufrir la persona mayor que, abandonada, ha perdido el sentido de su existencia en la postrimerías de su vida.

De lo individual a lo colectivo.

Al observar la Tierra desde su satélite Luna como lo hizo el primer astronauta, y fijarnos en las necesidades biológicas, desprendidos del antropocentrismo, quizás podamos entender la universalidad de la conciencia. El ciclo de la vida, observado en las tres transiciones, se repite continuamente: La ontogenia planetaria también rememora la filogenia: la Tierra se nutre, respira, se comunica, y evoluciona...

El primer conflicto de falta de nutrientes presentes inicialmente en un medio rico en substancias orgánicas fue resuelto mediante el uso de la luz solar en el maravilloso mecanismo de la fotosíntesis de alimentos, y la adquisición de movilidad de formas vivas más complejas mediante cilios y flagelos cuya estructura interna es idéntica a las bacterias móviles. El segundo conflicto generado por la presencia del Oxigeno, producto de la fotosíntesis, fue resuelto por la agrupación del material genético en un núcleo protector y la fusión de dos formas de vida formando las mitocondrias que, como fabricas de energía, aprovechan la desventaja inicial del gas oxigeno. De ello se forma la célula moderna, que constituye las celdas de nuestro cuerpo actual. El tercer conflicto de desarraigo, al salir las primeras formas acuáticas de vida al medio terrestre, fue resuelto por la formación de unos tubos colectores en los riñones con capacidad de retención de líquidos, que permitió posteriormente la adaptación al nuevo medio al evitar la desecación y favorecer la diseminación de anfibios, reptiles, aves y mamíferos por toda la corteza terrestre.

Todos los seres vivos de todos los reinos se adaptan, cubren sus necesidades biológicas y se ajustan a los ritmos del tiempo de rotación de la tierra y de traslación alrededor del Sol en los cambios producidos en cada una de las cuatro estaciones. Tanto el planeta, considerado como un ser vivo en su hipótesis Gaia, como el resto de seres incluido el hombre, son microcosmos que dan la medida del Universo y lo hacen en armonía con contenidos de conciencia que se irradian en resonancias colectivas.

Tres ejemplos prácticos.

Los fenómenos están ahí y son analizados por la especie que es capaz de emitir juicios y relacionar acontecimientos abstrayendo denominadores comunes, tanto para interpretar la realidad, como para trasformarla.

Cáncer de pulmón y tabaco.

Desde inicios de la década de los setenta hasta la actualidad la incidencia del cáncer de pulmón en varones no ha dejado de aumentar en el Estado Español: desde unas tasas de mortalidad de 30 por 100 mil, hasta tasas superiores a 65 casos por 100 mil. La medicina convencional, basada en una evidencia fáctica, considera la causa de este tumor al hecho de fumar: el tabaco contiene cancerígenos que desestabilizan las células de los pulmones y las convierten en inmortales. Sin embargo algunos hechos llaman la atención: si observamos el consumo de cigarrillos/habitante/año, este no ha variado en estos últimos años. A pesar de ello se considera el tabaco el causante de este cáncer porque el 80% de enfermos son fumadores o han sido fumadores. Si cruzamos otra variable como es el número de desempleados en esta franja de población y durante los mismos años se observa una asociación estadística, mucho más potente que con el tabaco, entre el porcentaje de parados sobre la población activa y las tasas de mortalidad por cáncer de traquea, pulmón y bronquios.

El cáncer de pulmón desde la medicina convencional engloba diversas estirpes de tumores; adenocarcinomas, diferentes tipos de carcinomas bronquiales, y carcinomas de células indeferenciadas, y clasifica estadios de gravedad y extensión según normas internacionales. La causa de estos tumores se atribuye, como se ha dicho, a la acción de cancerígenos presentes en el tabaco y a factores genéticos o la combinación de ambas presencias. Se han aislado anomalías genéticas en enfermos de estos cánceres, por lo que se efectúan test genéticos para determinar el riesgo en personas sanas, aunque en la practica la única recomendación es la de abandonar el tabaco lo más pronto posible. En relación al tratamiento, la quimioterapia, radioterapia y cirugía son las armas empleadas contra este mal.

Desde el enfoque que propone una medicina conectada, y teniendo en cuenta los elementos que se han enunciado en el misma, el cáncer de pulmón, que efectivamente se muestra en diferentes formas anatómicas, puede ser la respuesta de tres tipos de conflictos biológicos que se pueden presentar aisladamente o en combinación: el adenocarcinoma de pulmón; el carcinoma de mediastino, situado en el área traqueal y peribronquial y el carcinoma intrabronquial. Para cada uno de estos tumores se han de localizar las pautas de comportamiento que se hallan afectadas; el tipo de células diana que responden a esta información en cada una de las dos fases del conflicto y finalmente las áreas cerebrales que constituyen el interface entre la psique y los órganos.

Siguiendo el transcurso de la evolución filogenética el primer tumor que encontramos es el adenocarcinoma, que rememora el conflicto de «no poder atrapar el aire» para respirar. En la especie humana sucede ante una situación en que existe una amenaza de muerte propia o de una persona querida: «conflicto de miedo a morir». Las células alveolares del pulmón, que derivan embriológicamente del intestino, proliferan en la fase activa del conflicto y forman nódulos pulmonares. El sentido de este crecimiento es formar más pulmón para, así, poder captar más aire. El área cerebral implicada en este control se localiza en el cerebro antiguo situado en el tronco del cerebro, junto al cuarto ventrículo. El carcinoma de mediastino peritraqueal y peribronquial rememora el conflicto biológico de «miedo frontal». El sujeto de este miedo ve delante de si mismo al depredador que acecha. En la especie humana sucede ante acontecimientos que provocan un peligro evidente y que son conocidos; por ejemplo ante el mismo diagnóstico de un cáncer. Las células implicadas proceden de los restos embrionarios de las branquias, que en su origen filogenético servían para separar el oxígeno del agua. Estas células epiteliales se ulceran en la fase activa del conflicto, para enquistarse en la fase de solución. En la medida de la intensidad y duración del conflicto el crecimiento celular que se observa en el enquistamiento puede ser muy importante. El área cerebral que interconecta ambos niveles se localiza en la parte anterior de los lóbulos frontales.

El carcinoma intrabronquial rememora el conflicto biológico de «amenaza de perdida del territorio» o «miedos en el territorio», que sucede ante la posibilidad de perder el espacio o el contenido del territorio; en la especie humana, la casa, el trabajo, los hijos/as, la mujer. Las células objeto de esta respuesta biológica se encuentran en los bronquios en donde se constituyen en portadoras del aire y se especializan -las ciliadas- en la limpieza y drenaje de detritus. El área cerebral implicada se localiza en la corteza cerebral en el lóbulo fronto lateral derecho. Este ultimo caso toma especial relevancia, ya que mayoritariamente se atribuye al tabaco, y que desde el punto de vista de la medicina conectada se asocia al mecanismo de fumar, que es un acto reflejo que trata de aliviar la tensión que provoca las pequeñas amenazas en la vida diaria y expresado en personas con mayor disposición a este tipo de conducta defensiva -es interesante observar la vida animal, en que normalmente el macho sopla para expulsar al invasor y la hembra emite una inspiración de pánico-. Los fumadores -las mujeres se van añadiendo paulatinamente a este mecanismo- tienen una predisposición a sufrir conflictos de «amenaza de pérdida de territorio» que sería la causa de los cambios celulares en el cáncer de bronquios, como anteriormente se ha expuesto. Desde el punto de vista estadístico el tabaco es una variable que es confundida por la variable de conducta, ya que esta ultima ejerce a la vez el efecto de fumar y el efecto cáncer, tal como se observa en situaciones de riesgo a perder el territorio, como así muestran las estadísticas del paro en los últimos años.

Los perros de los esquimales no ladran...

Y los propios esquimales están libres de enfermedades del corazón y no tienen infartos de miocardio. El hecho que los esquimales tengan una protección natural al infarto de corazón se justifica de manera clásica por la circunstancia que estos habitantes de zonas tan hostiles por el clima, se alimentan de un tipo de pescado y animales, cuyas grasas contienen un tipo de colesterol «bueno», el Omega 3. Este tipo especial de grasa impide la ateroesclerosis coronaria, y por tanto evita el riesgo a los ataques cardiacos.

Para observar la conexión que existe entre los perros que no ladran y sus dueños que no tienen infartos, se ha de recurrir a la historia profunda de la existencia de la especie humana. Esta ocupó gran parte de actividad a lo largo de su historia en cazar o pescar y en recolectar. El espacio físico que transcurría su vida ocupaba un lugar extenso en que todo era de todos y el compartir en lugar de competir comportaba una ventaja adaptativa. Agrupados en pequeños grupos, los machos se organizaban para cazar estableciéndose rangos jerárquicos por habilidades y de forma temporal. Las hembras desarrollaron capacidades para el cuidado de las crías, evitar peligros y la mejor captura de alimentos recolectados. El refugio o nido para protegerse así mismas y a sus propias crías se asoció al calor del fuego y por ende, la inseguridad se vinculó con el frío y la separación -falta de contacto- de la protección del grupo en su relación personal y colectiva.

La mayoría de necesidades fueron cubiertas por cambios evolutivos en un dialogo productivo entre el cuerpo y el entorno. La naturaleza proporcionaba, así, mecanismos eficaces a los sistemas digestivos para asimilación y eliminación de alimentos y a los aparatos reproductivos de la especie, asociándoles pautas de comportamiento adecuadas y en total equilibrio.

En la medida que evolucionó la recolección por la agricultura y la caza por la ganadería, el espacio se acotó y aparecieron los límites en el espacio común compartido hasta entonces. Las pautas de comportamiento se adaptaron a estas nuevas necesidades de supervivencia y la parte córtico-visceral de nuestro cuerpo -desarrollo del cerebro en habilidades- tuvo que dar cumplida cuenta para una defensa actualizada de la seguridad adaptada a los nuevos tiempos. Con ello las jerarquías entre los miembros de la especie se estabilizaron según un sentido de propiedad y los grupos se asociaron en comunidades mayores, surgiendo la primer forma de colectividad con todo lo que representa en la formación de la cultura y las normas de la llamada civilización. De hecho, la ultima revolución industrial potenció esta forma «moderna» de relación. De entre estas repercusiones destacan la presencia de las llamadas «enfermedades de la civilización», sobresaliendo el temido infarto de miocardio o ataque al corazón.

Las coronarias -los conductos que irrigan de sangre al corazón- actúan como un autentico órgano de respuesta ante las perdidas de territorio. De esta manera el individuo tiene mayores posibilidades de recuperarlo: en el momento de lucha las coronarias se dilatan permitiendo un mayor paso de sangre. El problema surge cuando estos conflictos duran mucho tiempo -en el mundo animal se solucionan rápido- y los periodos de reparación-inflamación de las arterias coronarias provocan inmensas placas reparadoras de las úlceras coronarias -ateroma- que se desprenden en las crisis observadas en los infartos del miocardio.

Los perros de los esquimales no ladran porque no tienen que defender ningún territorio. Los esquimales son auténticos cazadores-recolectores y su espacio no conoce límites. Su habilidad es su arma para la supervivencia y su «nido» lo construyen -ambos sexos- con la nieve, y esta, evidentemente, no falta... Y el infarto de miocardio no forma parte de su patrimonio.

El cáncer de mama.

La edad de aparición de los cánceres de mama esta descendiendo en los países occidentales. Si hasta ahora el tramo de edad más afectado era entre los 50 y los 55 años, el abanico desciende ya hasta los 45. Además los casos de pacientes menores de 35 años aumentan y es cada vez más frecuente tropezar con mujeres menores de 30 que sufren la dolencia. Ante la afirmación que no se conocen sus causas: las referencias habituales a los factores de riesgo hacen agua, hemos de efectuar un ejercicio de humildad, y considerar lo biológico con una amplitud que englobe lo físico, lo emocional, lo mental... Para ello hemos de tomar en cuenta situaciones que provocan sufrimiento y preocupación. Como, entre otras, las separaciones mal elaboradas. Y además con contenidos dramáticos, no compartidos y que se presentan de manera inesperada y sin posibilidad de reacción. Y considerar entonces que las glándulas mamarias necesitan aumentar de tamaño o ampliar los conductos de la leche -galactoforos- para tratar de salvar, recuperar a la pareja, a los hijos, a su propio nido u hogar.

El cáncer de mama, así, expresa una desarmonía del contacto y la nutrición. Las tasas de natalidad en los últimos tiempos con pocos hijos para alimentar y criar y la inseguridad que provoca en la madre en el periodo adolescente de sus hijos, con el uso y abuso de drogas y la permanencia en un medio hostil y competitivo, estarían en la base de esta reacción biológica que es el cáncer de mama. Y es aquí es en donde, precisamente, se puede comprender en su justo termino lo biológico, y entender que la respuesta biológica ante este tipo de situaciones es elaborar más leche o/y aumentar el diámetro de los conductos por donde transcurre. En la mama se han de diferenciar dos tipos de conflictos, que pueden aparecer solos o mezclados: el conflicto de separación y el de nido o pérdida. El primero puede somatizarse en un tumor de epitelio de conductos de la leche o ductal y el otro en un adenocarcinoma o tumor de la glándula propiamente dicha.

¿Qué hacer?.

La inmersión en el miedo en que vivimos impregna cada uno de nuestros actos e impide la necesaria lucidez para entender la grave interferencia que provoca la interpretación de los fenómenos observados en la enfermedad y en los signos de riesgo de nuestro planeta. Y esta interpretación es la auténtica contaminación que distorsiona las relaciones con nosotros mismos, con los demás y con la propia naturaleza y enmascara además las auténticas soluciones. En los últimos tiempos los avances tecnológicos han sido considerables con lo que hoy empezamos a conocer muchas cosas y a poder lanzar hipótesis para continuar trabajando. Pero ha llegado ya la hora de dar el salto y orientar nuevas direcciones para la investigación y desarrollo del ser humano. Pero, no tenemos que esperar estos cambios en lo externo: nada nos vendrá de fuera para arreglar nuestros problemas. Hemos de explorar nuestro interior, conocer mejor nuestra naturaleza y comprender nuestra potencialidad. La responsabilidad es nuestra.

Se trata, pues, de conocer el sistema causal que subyace en el proceso evolutivo: nada tiene sentido sino es a la luz de la evolución, en donde transcurre la vida, observar y aprender, aprender...

De los indios amazónicos, por ejemplo, que se despertaban al ritmo de la naturaleza: poco a poco. Antes de las primera luces, toda la familia se reunía alrededor del fuego en el centro de la choza, en donde ingerían los primeros alimentos, se relataban los sueños, que se trataban de interpretar buscando su finalidad o su para que; los mayores jugaban con los pequeños y les explicaban el porque del trabajo, los riesgos de la selva y los beneficios de su cultura milenaria.

Ha llegado el momento de una nueva forma de ver las cosas, pero esa forma es antigua, muy antigua. Cerremos, pues, el círculo:

No dejaremos de explorar
y el final de la exploración será
llegar al punto de partida
y conocer el sitio por primera vez.
T. S. Eliot.


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