Prueba inútil.
El martes pasado formulé una invitación a los especialistas oficiales del sida a que tengan el valor intelectual y humano de interrogarse acerca de lo que hacen. En particular, a que se atrevan a cuestionar la validez de los cambiantes marcos teóricos y de los aparatos que usan. Y empecé a abordar lo que los oficialistas llaman «carga viral», que dicen que mide el número de ejemplares del (inexistente) VIH que se encuentra en cada mililitro de sangre. Expliqué que los dos artículos aparecidos en «Nature» n.° 373 que sirvieron para implantar el concepto de «carga viral» no tenían rigor científico alguno. La rápida y acrítica aceptación de la «carga viral» había logrado convertir de la noche a la mañana un supuesto «VIH lentivirus y con un periodo de latencia de más de diez años» en un supuesto «VIH a toda velocidad, que se multiplica por miles de millones desde el primer instante».
Pero es utilizada para justificar el envenenamiento con cócteles de las personas etiquetadas.
Lluís
Botinas/Barcelona.
Los argumentos metodológicos, históricos y de sentido común dados el martes pasado descalifican «eso» llamado «carga viral». Pero se debe descartar aún por més razones que las ya esgrimidas.
En primer lugar, porque el VIH no existe, por lo que es puro delirio de ciencia-ficción destructiva decir que se mide cuántos ejemplares están presentes en cada milímetro de sangre. De nuevo, recordar que siguen faltos de candidatos los más de dos millones de pesetas en premios otorgados por DIARIO 16, la asociación C.O.B.R.A., la revista inglesa «Continuum» y la asociación alemana M.U.M., a quien traiga la documentación científica que pruebe que el VIH existe. Y recordar también que en el juicio por sangre contaminada de Göttingen ningún oficialista se presentó a declarar, bajo juramento y frente al virólogo alemán doctor Lanka, a fin de defender la existencia del VIH, por lo que el médico inculpado fue declarado inocente.
En segundo lugar, y aún aceptando que «el VIH existe», resulta que el VIH es no-citocida, es decir, no mata a la célula que lo contiene cuando se multiplica en su interior. Por lo tanto, no implicaría gravedad alguna tener muchas copias de un inofensivo VIH, al igual que se tienen muchos otros.
Sin pruebas.
Para recalcar que no hay prueba alguna de que el VIH sea capaz de matar célula alguna, ni las llamadas T ni ninguna otra, conviene recordar varias cosas:
El
propio doctor Montagnier en 1990 se inventó la hipótesis
de los cofactores: puesto que desde 1983 le había sido imposible
mostrar que el VIH por sí sólo fuese capaz de matar célula
alguna, concluyó que era preciso que hubiese otro factor que actuase
al mismo tiempo en la misma célula. Supuso que sería un microplasma...
y siete años después aún anda buscándolo sin
resultados.En efecto, una característica fundamental atribuida al VIH en el primer modelo del doctor Gallo y que no cuestiona el segundo del doctor Ho es que su proteína de superficie gp120 es crucial para que el VIH pueda infectar nuevas células. Y resulta que la glicoproteína 120 no se encuentra en las partículas que están fuera de célula (éste es la justificación que los oficialistas dan para explicar que nunca han podido presentar una foto de algo presentado como VIH que contenga las protuberancias correspondientes a la glicoproteína 120). Luego por alta que digan que es la «carga viral» o, lo que según la concepción oficial es lo mismo, por grande que fuese el supuesto número de copias de VIH por mililitro de sangre, estos VIH en sangre no representan peligro alguno, puesto que no son infecciosos según el propio diseño oficial del VIH.
Nueva hipótesis.
Finalmente, la novedad propuesta por el doctor Ho de que «el VIH no mata directamente sino indirectamente marcando los T4 y haciendo que los T8 eliminen a los T4 infectados», no significa avance alguno para la hipótesis oficial. En efecto, resulta que el propio doctor Ho publicó, aunque en este caso sin dar conferencias de prensa ni publicidad y con el doctor Chao como primer nombre firmando el artículo aparecido en el «New England Journal of Medicine» n.° 332, que los 100.000 VIH encontrados con la PCR correspondía a menos de diez VIH encontrados con las técnicas anteriores. O sea que si en realidad los T8 destruyesen el escasísimo número de T4 señalados para ser eliminados, el cuerpo ni lo notaría, porque tal disminución no sería biológicamente significativa debido a que el ritmo natural de sustitución de T4 es enormemente mayor.
La PCR ha revolucionado la teoría y práctica oficiales del sida, pero de forma ilegítima.
¿Por qué la PCR no se puede usar como están haciendo los oficialistas? Por varias razones. En primer lugar, porque la técnica PCR tiene unas limitaciones intrínsecas que los oficialistas parecen ignorar:
Y hay muchas más razones que descalifican el uso que los oficialistas hacen de la PCR. Pero está siendo utilizada para dictaminar la supuesta carga viral de VIH de la persona etiquetada, para decidir el cóctel venenoso que se le administra y, encima, para afirmar que los venenos suministrados le resultan beneficiosos. ¡He aquí otra maravilla de la pseudociencia del sida!
La PCR se apoya en la capacidad que tiene el ácido nucleico ADN
de elaborar lo que finalmente son dos copias idénticas de la información
genética hereditaria de una célula, yendo cada copia a parar
a una de las dos células hijas. Para ello, cuando una célula
va a dividirse, los dos filamentos enroscados de ADN se separan uno del
otro porque se rompen los enlaces bioquímicos que los unen lateralmente.
Y a partir de puntos determinados a los que se adhieren sendas cortas moléculas
de arranque naturales, se empiezan a constituir en direcciones opuestas
filamentos nuevos complementarios a los ya existentes. La complementariedad
viene determinada por el hecho de que las cuatro letras genéticas
(A, C, G y T) que componen el ADN sólo pueden unirse de dos formas
determinadas (la A con la T y la C con la G). El orden en que están
dichas letras genéticas se llama secuencia del ADN. Para duplicarlo
es necesario calentar el tubo de ensayo, con lo que los filamentos se separan.
A continuación se añaden cantidades adecuadas de las cuatro
letras genéticas, de moléculas de arranque artificiales de
dos tipos y del enzima necesario. Al final del proceso habrá el
doble de ADN que al origen. Pero la operación no puede volver a
repetirse sino otra vez como máximo porque al calentar de nuevo
el encima se destruye.