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Alberto Piris |
por Alberto Piris - 24 de abril de 2000
El Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) se esfuerzan por suavizar su imagen de crueles prestamistas. El capital siempre ha dedicado una parte de los beneficios a pulir su imagen institucional, sabedor de que así obtendrá a la larga mayor provecho. No siempre tiene éxito, y de ahí las manifestaciones populares que se han producido durante la reciente reunión en Washington.
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Noam Chomsky |
Pero he aquí que a un habitual crítico de ambas organizaciones financieras le da por hablar claro. Se trata de Noam Chomsky, ya conocido por su tendencia a no andarse con rodeos cuando se trata de explicar a las gentes los entresijos de los poderes reales que mueven el timón de los gobiernos.
Se le preguntó su opinión sobre si los países endeudados tienen algún derecho a solicitar la cancelación de sus deudas, cosa que ningún ciudadano puede hacer en sus domésticas relaciones con las entidades bancarias. Se le pidió que aclarase también por qué el mundo desarrollado es el culpable de la crisis causada por la deuda del Tercer Mundo.
Y, por último, que estableciese la frontera de las responsabilidades, es decir, qué parte de culpa tienen los países prestamistas, y cuánta corresponde a los endeudados. Para responder a la primera de las tres preguntas, el controvertido lingüista puso de relieve que los países, en general, no son los que se endeudan. Son sus dirigentes - casi siempre respaldados por las grandes potencias - quiénes lo hacen.
Dicho brevemente: la deuda de un país cualquiera puede corresponder a unas 200 personas (la familia del dictador de turno, sus amigos y compinches), y éstos no tienen derecho alguno a pedir que les sea condonada, cosa que, por supuesto, nunca hacen. Sus fortunas privadas, depositadas por lo general en bancos occidentales, bastarían y sobrarían para satisfacer la deuda.
Según las normas del capitalismo, si con un préstamo bancario cualquier persona adquiere un lujoso chalet y guarda lo que le queda en Suiza, cuando le sea reclamada la devolución del préstamo no puede responder al banco diciendo que lo vaya a cobrar a los habitantes de las chabolas.
Pero para la deuda de los países del Tercer Mundo la norma no parece tener aplicación. Quiénes en ellos ejercen el poder - casi siempre apoyados por la fuerza de las armas - y concentran la mayor parte de la riqueza nacional, son más partidarios de aplicar otro principio: el de la socialización del riesgo y del coste. El riesgo corre a cargo de los ciudadanos de los países ricos, que mediante sus impuestos financian las actividades financieras del FM, y el coste se transfiere a las poblaciones empobrecidas de esos países, que jamás vieron un solo dólar de las cantidades prestadas. El problema de la deuda desaparecería, pues, si se aplicase el principio capitalista de que los que solicitan el préstamo aceptan la responsabilidad de su devolución, y los prestamistas corren con el riesgo consiguiente.
Respecto a la responsabilidad del mundo desarrollado en la crisis de la deuda, Chomsky considera que se extiende a todos los ciudadanos, dado que en nuestras sociedades democráticas tenemos la posibilidad de influir en las políticas adoptadas por los gobiernos. Ambas instituciones financieras espolearon a los países del Tercer Mundo hacia una dinámica de préstamos encadenados que era totalmente irracional, y sólo beneficiaba a las minorías dirigentes. Pero cuando se producía la crisis en alguna entidad financiera, ayudaban a sacarla a flote socializando los costos de la operación, que recaían en toda la población.
La responsabilidad de los países endeudados - como respuesta a la tercera pregunta - es para Chomsky muy grande, pero hay que recordar que los gobiernos de tales países son simples clientes del mundo desarrollado. Llevan a cabo una triple función, que él describe como la de:
1. abrir sus países a la rapiña extranjera,
2. reprimir a la población mediante la violencia adecuada, y
3. enriquecerse personalmente mediante los beneficios que, tácitamente, les conceden los prestamistas que cierran los ojos ante la corrupción generalizada.